Antonia
Antonia Vork Foss, joven mujer danesa, guapa y brillante, ha viajado por el mundo. Es fotógrafa, filósofa y escritora de culto traducida a veintisiete idiomas. Acaba de terminar un doctorado en letras en Nueva York, en la Universidad de Columbia.
La noche de la graduación, sus amigos, colegas y maestros la festejaron en la White Horse Tavern en Hudson St. donde los viernes charlan de lo humano y lo divino. Amaneció.
Al llegar a su departamento, emocionada, abrazó su tesis que fue sobre la Baronesa Karen Blixen firmada por todos sus profesores.
Blixen, también danesa, era su escritora favorita. En la pared del despacho de Antonia se podía leer la primera frase de su segunda novela, Memorias de Africa, con el pseudónimo de Isak Dinesen:
“Yo tenía una granja en Africa, al pie de las colinas de Ngong”.
Siendo mayor, la sofisticada Blixen fue propuesta dos veces al Premio Nobel. Al recibirlo Hemingway, declaró que debió otorgarse a Karen Blixen, la diva literaria enigmática, fascinante y misteriosa siempre envuelta en una nube de tabaco. Nacida a finales del siglo XIX, mundialmente conocida en el XX.
Poco después, Antonia se fue al Aeropuerto John. F. Kennedy con su sueño en la mano: un boleto de KLM a Nairobi, Kenia en Africa Oriental. Llegaría por vez primera a Africa y en sólo catorce horas. La esperaban como conferencista por una temporada en el Museo de Karen Blixen que fue su casa, rodeada de un enorme cafetal. Antonia miró en su iPad como tantas veces la multipremiada película, inspirada en la citada novela de Karen Blixen con Meryl Streep encarnándola a ella y Robert Redford como su amante. Antonieta siempre lloraba al final. También llevaba la cinta del cuento de la sibarita Blixen, El festín de Babette.
A su lado, viajaba una mujer Somalí con un vestido de vivos colores que cubría hasta su cabeza. Al ver a Antonia emocionada le dijo que se llamaba Khadija. Que Farah Aden fue su abuelo materno, sirviente de Karen Blixen cosechando café además de ser su más querido y fiel amigo hasta que ella murió en Dinamarca. Añadió tomando la mano de Antonia que no llorara porque le garantizaba que la Baronesa Karen estaba bien. Antonieta se quedó de piedra pues Blixen había muerto 60 años atrás. Khadija le comentó que era médium y que si quería la podían contactar en ese momento para que Antonia hablara con ella en pleno vuelo de manera discreta. Añadió que ella era abogada en Manhattan pero también secretamente hacía de médium por un don recibido para ayudar a la gente, que no cobraba nada. Antonia se lanzó, estaba dispuesta a todo. La mujer la invocó llamándola: “Karen Blixen, somos Antonia y Khadija aquí, en el vuelo en el aire KL789 de KLM”. Hubo un silencio largo.
Después, una voz muy serena les pidió que no la grabaran. ¡Era Blixen! Le agradeció a Antonia mantener su nombre y su literatura vivos también desde la Universidad de Columbia. Enfatizó que es la mayor experta sobre su persona en el mundo.
Luego, le rogó encarecidamente que cuando llegara a su casa, a su museo, buscara algo suyo debajo del tambo mayor de la enorme máquina para secar el café. Le explicó que ahí encontraría su última biografía definitiva. Le indicó que la publicara con todos sus editores. Que todos los mencionados estaban bajo tierra, ¡hasta ella! Que la titulara La honorable Leona Karen Blixen ha vuelto. Así la llamaban los nativos en Kenia, “la Honorable Leona”. Con una risita divertida añadió que justo para eso había orquestado todo: su estancia en Nueva York, su doctorado, las conferencias y ese viaje. Dijo bien alto: ¡muchas gracias Dra. Antonia! Súbitamente, cayeron dos postales con su foto tal y como se veía la Baronesa antes de enfermar y morir. Les dijo que esos cartoncitos impresos eran una prueba de su agradecimiento y que materializarlas había sido un desafío para el mundo sobrenatural.
Por la noche, en las colinas Ngong, aún pueden verse bien las estrellas.
Una de ellas, el asteroide 3318 lleva mi nombre: Blixen.
«He mirado a los leones a los ojos y
he dormido bajo la Cruz del Sur,
y he visto incendiarse la hierba en las grandes praderas,
que se cubren de fina hierba verde tras las lluvias,
he sido amiga de somalíes, kikuyus y masais, he volado sobre las colinas de Ngong... nunca estaré a Africa lo suficientemente agradecida por lo mucho que me ha dado».
Con eterna gratitud,
Karen Blixen
MTSE - azulmio
12 de marzo 2022
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