sábado, 9 de abril de 2022



MAÑANA AL ALBA 


Nouveau Journal Absolument Magnifique! 

Paris, mon Amour

11 Octobre 1843



Para quienes no me conocen, me llamo Pierre Martin, ¡soy Parisien! y estoy casado con la Ville Lumière o Ciudad Luz, París, la amo locamente. Y soy dueño de la capital de Francia. Nací en el siglo pasado, en el XVIII, un bello día de 1793. Cuento con 50 flamantes años y ni uno más. Estudié Artes en la Sorbonne. Caí en brazos del Siglo XIX porque soy muy moderno, soy hijo de la révolution


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Soy alto y delgado, ¡muy bien parecido Mademoiselles!, de rasgos afiladísimos y mirada muy inteligente. Mi imponente figura se acompaña de un impecable traje azul marino bien entallado que resalta con un ajustado cinturón marrón del que cuelgan un largo chuzo, un silbato y una linterna, a juego con mis botas. Calo gorra a mi medida con cintas doradas y visera. Chaqueta de espectaculares botones dorados brillantes en pecho y mangas. Atuendo inspirado en los Gendarmes Parisiens, elegancia total. Lo luzco honrado. Eterno cigarro entre labios me da mucho carácter. De día confecciono mi periódico. De noche soy orgullosamente farolero y sereno por mis calles y puentes desde mis tiernos 17, hace 33 años.

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Como farolero, trabajo de madrugada. Subo en la escalera que llevo, abro la farola y ¡la enciendo! Limpio con paños sus cristales. Como sereno, grito la hora cada 30 minutos a grandes voces y vigilo el barrio con otros ayudando si nos necesitan. Abro portales de vecinos sin llaves. Evito robos y desórdenes. Tengo cicatrices por batirme a muerte. La cosa es seria. Mi labor día y noche es mi pasión.


Adoro deambular por los muelles a orillas del río Sena o navegar sus aguas. Lo mío son los puentes. Mi favorito, el Pont Neuf, majestuoso como yo. Me estremece la Isla de la Catedral Gótica de Notre-Dame de Paris, corazón del cielo, donde coronaron a Napoléon. 


Una madrugada al prender mis hermosas farolas de Les Jardins du Luxembourg sobre la cuarta hora, con luna llena, ocurrió algo delirante. Todo se alumbró con luz única que envolvía un camino con refulgencias suaves, azuladas pero violáceas y cierta neblina que descendía de lo alto de manera oblícua, como delicados rayos del sol. Me entró tal fortísimo miedo que bajé de mi escalera de un salto.



Sabía por libros prohibidos que leo que esto anuncia la llegada de hasta cincuenta y seis gargouilles (gárgolas) nacidas en la Edad Media, Siglo XII. Viven disfrazadas como gargantas o deshagues para tejados de Notre-Dame. Lucen siniestras, aterradoras. Son Guardianas de París. Al descender, cobran vida para espantar demonios. Protegen a Parisinos de fuerzas del mal como cuando quemaron viva con hoguera a la inocente Jeanne d´Arc. La vengaron matando a cientos en calles hasta coronarla como Santa Patrona de Francia. Ante espíritus malignos, vigilan, desde sus cornisas. 


Así pues, en Les Jardins, ví zurcar el cielo a siete horripilantes gárgolas, planear y descender con quimeras atisbando desde arriba. Asustadísimo, llegué donde estaban, mi curiosidad era mayor que mi colosal temor.  



Había un hombre abrazado a una enorme piedra, sombrero de copa caído al lado y rodeado por las siete gárgolas. Dándome valor, corrí a él. Balbuceaba abatido gritando ma Léopoldine. Los ojos de las gárgolas se llenaban de lágrimas, encomendadas por un encargo divino para salvarle de un suicidio. Cuando levantó el rostro, ví que era Monsieur Victor Hugo y me reconoció. Paseaba por mis calles y charlábamos a veces. 


No podía hablar y yo tampoco. El 4 de septiembre de 1843, un mes atrás, su hija Léopoldine, había muerto ahogada en el Sena con 19 años. Monsieur Victor Hugo me extendió tembloroso un manuscrito que desenrollé, con tinta corrida en partes. Lo leí muy bajito:


«Mañana, al alba…»

«Mañana, al alba, cuando blanquea el campo,
Yo partiré. Mira, sé que me esperas.
Iré por el bosque, iré por la montaña.
No puedo permanecer lejos de ti más tiempo.

Caminaré, los ojos fijos en mis pensamientos,
Sin ver nada alrededor, sin escuchar ningún ruido,
Solo, desconocido, la espalda encorvada, las manos cruzadas,
Triste, y el día para mí será como la noche.

No miraré ni el oro de la tarde que cae,
Ni las velas lejanas descendiendo hacia Harfleur,
Y al llegar, pondré sobre tu tumba,
Un ramo de acebo verde y de brezo en flor. »

Lloré con él un tiempo, le sostuve hasta que pudo ponerse en pie. Le acompañé hasta la Place des Vosges donde entró a su casa. 

VICTOR HUGO LL 7 PAR BONNAT VILLE DE PARIS MUSEE VICTOR HUGO - Histoire   


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MTSE - azulmio

          22 febrero 2022 

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